Ya son las ocho de la mañana y el olor a café nos despierta. Habíamos quedado en salir a las nueve para conocer la ciudad imperial de Gante, así que nos aseamos y bajamos a la cocina a desayunar. El café está recién hecho y el lavavajillas recogido. ¿Que duende se habrá encargado de que esto haya sucedido? Poco a poco va apareciendo todo el personal, uno va a por las galletas, otros a preparar tostadas, otros prefieren bizcochitos. Así nos encontramos todos disfrutando del desayuno. Todos excepto el duende madrugador que después de preparar las cosas se había vuelto a la cama un rato. Es lo que tiene estar acostumbrado a madrugar para el trabajo.
Nos subimos al coche y antes de salir de Brujas, ya que no hace calor y lo que vamos a necesitar no es perecedero, hacemos una parada en el Lidl y dejamos la compra hecha para cuando lleguemos de vuelta a la casa tengamos lo necesario para nuestro momento jardín y cena.
Media horita después llegamos a Gante. Es difícil aparcar cerca del centro pero tenemos suerte y encontramos una plaza muy cerquita de la catedral.

A mi personalmente me gusta mucho más que Brujas, pues además de sus impresionantes construcciones, tiene un ambiente univesitario que le da una vida trepidante. Brujas es preciosa, el problema que le encuentro es que durante las horas de turismo tiene un gran bullicio, pero que al caer la tarde se convierte casi en una ciudad fantasma. A otros miembros del grupo, sin embargo les cautiva más el romanticismo de esta última. Menos mal que no somos todos iguales. En la variedad está la riqueza.

Comenzamos la visita visitando la catedral de San Bavón, continuamos callejeando por el centro y vimos el Belfort, una impresionante torre de vigilancia, la Iglesia de San Nicolás y la de San Miguel. Yo intentaba localizar la Vrijdag Markt, porque recordaba que me fascinó el ambiente de aquella pequeña plaza, pero no fui capaz de encontrarla, así que nos dirigimos al famoso puente de San Miguel.
Allí al lado, en el antiguo puerto de la ciudad, nos sentamos en una terraza a disfrutar de una rica cerveza belga mientras disfrutábamos de unas preciosas vistas.
Saciada ya la sed y visitado, previo pago como es habitual en este país, el baño, proseguimos nuestro camino hacia Kortrik. Esta es una preciosa ciudad cerca de la frontera con Francia, que tiene uno de los más bonitos Begijn hoof del país. Aparcamos en el aparcamiento de la estación de tren y el tiempo empezaba a amenazar con lluvia, así que con paso ligero caminamos hacia la Grote Markt, así es como se llama a la plaza principal de las ciudades flamencas, para nosotros sería la Plaza Mayor. Era hora de dar cuentas de unas patatas fritas acompañadas con alguna de las variedades de carne que se sirven en los típicos fritur del país, pero que casualidad que en el que nos sentamos era regentado por un turco y no servían cerveza. También es mala suerte.
Con la barriguita llena ponemos rumbo a este conjunto de calles de casas blancas, todas del mismo estilo que componen el begijn hoof. Lamentablemente el cielo que se iba oscureciendo por momentos, empezó a descargar la presagiada lluvia, así que decidimos poner paso legionario y volver al coche.
Yo quería ir a la taberna de la abadía de Westvleteren a tomar y comprar alguna botella de la "mejor cerveza del mundo", Westvleteren 12, así que decidimos poner rumbo allí, pero de camino hicimos una parada en Ieper o Yprés. Tristemente famosa por la batalla que tuvo lugar allí en la primera guerra mundial y que la dejó prácticamente arrasada, aunque nadie lo diría viendo el explendor que vuelve a lucir con su magnífica catedral y la lonja como principales ejemplos de unos edificios realmente impactantes.
El recuerdo de la batalla está presente aún en la ciudad, de hecho el memorial en honor a los soldados caídos es realmente impresionante, así como los cementerio de éstos que hay en distintos lugares de la ciudad.
En la puerta principal de este memorial, cada día a las ocho de la tarde, se lleva a cabo la última llamada, the last post, un sobrecogedor homenaje a todos estos héroes de aquella triste batalla en la que, por primera vez, se usó el gas venenoso.
Finalmente, tras varias peripecias por el camino, llegamos a la taberna de la abadía de Westvleteren, que para mi desgracia cerraba los viernes. ¡¡¡ A quién se le ocurre cerrar un local de este tipo un viernes !!!

Así que pusimos ya rumbo a nuestra casa de Brujas para preparar la cena, previa ingesta de unas cervecitas con panchitos en el jardín. Ha sido un día muy completo y hay que descansar para reponer fuerzas para mañana, que nos vamos a mi ciudad favorita: Antwerpen (Amberes)

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